Disfrutar el momento

Una de las cosas más difíciles que nos toca hacer en nuestra existencia es disfrutar el momento.

Tenemos una idea de que el tiempo nos constriñe, que el pasado nos afecta y que el futuro nos acecha. Pero esto no nos permite contemplar y vivir el momento presente al máximo. Siempre estamos haciendo las cosas pensando ya en el fin. Incluso nos sometemos a actividades que nos desagradan, solo porque tenemos en mente el objetivo, y resignamos para esto el camino que debemos recorrer.

Este pensamiento maquiavélico nos hace creer que siempre existe un objetivo. Pero el objetivo mismo de la vida es sólo el transitarla. ¿Qué otro podría existir? Cuando lleguemos al final de nuestra vida, podríamos tener mucho acumulamiento de metas, pero si el camino recorrido para obtenerlas no nos dejó nada, esas metas tendrán para nosotros un sabor amargo. Una frase conocida reza: “Si usted se cree una persona muy importante, de una vuelta por el cementerio. Verá allí los nombres de gente que fue mucho más importante que usted y, a pesar de todo, el mundo sigue girando”.

Uno puede plantearse objetivos y puede perseguirlos, y no hay nada de malo en ello. Lo importante es saber disfrutar tanto el camino como el logro en sí. Cuando encontramos el disfrute en todo lo que hacemos, hasta la tarea de lavar los platos se hace placentera.

Recuerdo que, hace un tiempito, estaba viendo en televisión una competencia de gimnasia artística en los juegos olímpicos de Londres 2012. Todas las competidoras entraban a escena con un rictus en sus caras, con una postura corporal perfecta, pero forzada. Se notaba en sus ojos la presión por ganar, el ánimo de competencia para obtener un mejor puntaje que las demás. Ante el más mínimo error, estallaban en llanto, se lamentaban como si hubiesen sido sentenciadas a muerte. Pero, entre todas, le tocó el turno a una competidora asiática. Ella también se habia esforzado durante toda su vida por lograr el mismo objetivo que las demás. Hasta había cambiado su nacionalidad para poder competir, porque las reglas no permitían a dos gimnastas del mismo país. Pero la diferencia era que ella entró con una sonrisa. Miró a las demás con la misma sonrisa y, cuando tuvo un error, continuó como si no hubiese sucedido, y con la misma alegría con la que había comenzado. La locutora del programa de tv que transmitía el evento mencionó que esta chica era la unica que no era competitiva, la que daba ánimos a las demás -aunque fueran sus “enemigas deportivas”-, que consolaba a la que sentía que su mundo se derrumbaba porque había sido superada por otra. Y lo que resaltó la locutora fue que esta gimnasta hacía todo con absoluto disfrute. No competía por el solo hecho de ganar, sino porque la gimnasia en sí era su pasión, el hecho de estar en medio de una competencia de alto nivel era una cuestión accesoria. Importante, sí, pero sólo después del disfrute.

En el momento en que esto sucedió, yo estaba estudiando para un examen final. Y recordé que en el último examen había derramado un par de lágrimas por haber recibido una calificación inferior a la que esperaba. “¿Cómo, con todo lo que estudié, sólo esto recibí? ¿De qué sirvieron las horas de esfuerzo y las presiones que soporté mientras intentaba llegar al día del examen con todo perfectamente aprendido?”. Entonces decidí que no valía la pena eso. Había obtenido una calificación que no era la que esperaba y ni siquiera había disfrutado el camino recorrido, el estudiar un tema que me gustaba. Y decidí que para el siguiente examen estudiaría disfrutuando cada cosa. Por supuesto, el hecho de estudiar una carrera que amo ayuda mucho. Y, sin dejar de cumplir con los tiempos que me había propuesto para llegar al día del examen con todo aprendido, tomé el estudio con otra actitud. Hasta me puse a leer cuestiones que excedían los temas propuestos por el profesor, por el simple hecho de que me interesaba, aunque no fuera importante para el objetivo que me planteaba (aprobar un examen). Llegado el día del examen, tenía algunos nervios habituales, pero me notaba más relajada que de costumbre. Y me sorprendí al ver que, una de las preguntas, se refería al tema sobre el cual yo habia leido “en exceso”, por lo que, en vez de escribir una respuesta de 3 líneas, como hubiese sido de esperar, pude explayarme a lo largo de una página entera. Más aún me sorprendí cuando vi el resultado y había obtenido la calificación máxima. Y esta vez todo había sido con disfrute. No solo el camino había sido más placentero y menos estresante, sino que el resultado había superado mis expectativas. Supe entonces que la vida me había dado una interesante lección sobre la búsqueda de objetivos.

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