Ego

Hace un tiempo descubrí que el verdadero sentido de la palabra “ego” no es el que siempre había creído. Hasta ese momento, pensaba que “ego” era equivalente a “arrogancia”. Pero el ego es mucho más que eso.

El ego es la manifestación de nuestra vida material en el mundo físico. Es la parte que conforma nuestra personalidad. Sin ego, no podríamos atravesar esta experiencia que nos toca. Por eso no creo que podamos (o debamos) abolir nuestro ego.

Pero no siempre el ego es positivo. Es una energía muy poderosa que, si se deja librada al azar, puede tomar cualquier rumbo y descontrolarse. Es así como vemos que la gente deja llevarse por pensamientos destructivos. Y, no sólo eso, sino que “contagian” a otros con esos pensamientos cada vez que los comunican, de la manera en que sea (alguna vez alguien tuvo ese primer pensamiento negativo que transmitió a otro, lo que en algunas religiones llaman “el pecado original”).

Esa energía, incorrectamente utilizada, provocará creaciones chatas, vacías, perecederas. Y con “creaciones” me refiero no sólo a creaciones materiales, sino a pensamientos, que luego se materializarán en nuestra vida de una forma u otra.

Por ejemplo, cada vez que sentimos que somos mejores que alguien porque tenemos más dinero, más inteligencia, más fuerza, o porque nos consideramos más elevados espiritualmente, estamos actuando desde el ego descontrolado. Cada vez que nos aferramos a una situación, persona o cosa, estamos siendo presa del ego descontrolado. Porque lo material es perecedero por naturaleza. Nadie vive para siempre. La materia se desintegra, cambia su constitución, se transforma, y eso es algo a lo que no podemos oponernos, porque sucederá de todas maneras. Podemos elegir aceptar esto y adoptarlo como forma de vida, o podemos continuar aferrándonos a todo, permitiendo que el ego nos domine.

Alguna vez el hombre debió sobrevivir sólo con sus instintos. Los instintos no son la forma más elevada del ser, sino la más básica, la que nos permite sobrevivir. Pero también podrían conducir, en situaciones extremas, a matar. En situaciones más cotidianas, dejarse llevar por los instintos equivale a no tener control de las situaciones, a estar actuando sólo en un plano bajo, básico, sin alzar la cabeza para ver qué hay más allá. Es obvio que no somos instintos, que si nos quedáramos sólo con esa parte estaríamos viviendo una ilusión y desperdiciando el potencial gigantesco que tenemos. ¡Ni siquiera razonaríamos! Así, el ego no es más que una capa más, superior al instinto, pero que también debe ser controlada. Y también, si sólo nos quedamos en el plano de existencia del ego, estamos perdiéndonos de un potencial aún más grande.

Si dejamos que el ego guíe nuestras acciones, entonces el resultado es inesperado. La energía creadora que recibimos puede ser tratada de cualquier manera. Y, considerando que muchos de nosotros somos bombardeados con negatividad todo el tiempo (desde la tv, la opinión pública, o la simple queja de alguien disconforme con su entorno), es probable que esa negatividad se mezcle en nuestros pensamientos y así nuestras creaciones (mentales y luego materiales) estén cargadas de eso.

Si, en cambio, nos concentramos en actuar recibiendo la inspiración divina y en usarla de manera creativa y positiva, podremos canalizar ese flujo de energía en creaciones útiles y amorosas.

Mientras estemos en este cuerpo material, atravesando esta experiencia mundana que no es más que otro paso en nuestra evolución, el ego estará presente. Es parte nuestra y de nuestra personalidad y no debemos renegar de él. Sólo debemos aprender a controlarlo y usarlo en nuestro beneficio. Porque, después de todo, es lo que nos hace humanos. El día en que eliminemos el ego será el día en que también dejemos esta existencia material para pasar a una existencia iluminada.

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