¿En qué creer?

Esta pregunta me surgió muchísimas veces. Habiendo crecido con costumbres más que racionalistas, cada vez que escuchaba hablar sobre un tema espiritual, religioso, o que no correspondiera al mundo de lo “científicamente comprobable”, me embargaba la duda: ¿cómo sé si esto es verdad?

Más de una vez escuché sobre pseudo-sanadores, mentalistas, adivinadores de la suerte y pastores que eran acusados de estafar a la gente a cualquier precio. Pero también albergaba una esperanza de que alguna de las cosas maravillosas que prometían fuera verdad. Porque, ¿a quién no le gustaría poder afirmar que realmente existen la magia y los milagros, capaces de eliminar todo lo malo de forma casi misteriosa?

Hasta que un día llegó a mis manos un libro de metafísica de la autora venezolana Conny Mendez. Prometía enseñarme a deshacerme de todo lo que no quisiera y obtener lo que deseara, así que en un principio lo leí con cierta suspicacia. Pero una frase del libro me invitaba a no creer en una palabra de lo que decía, sino a ponerlo en práctica y probarlo por mí misma. Y decidí que era una buena idea.

En esos primeros momentos (y, actualmente, un poco también, cuando dejo a mi mente hacer lo que ella quiere) intentaba racionalizarlo todo, buscar atar los cabos lógicos que me convencieran de que aquellas maravillas prometidas debían ser reales porque pasaban mis filtros racionales.

Pero, actualmente, no sólo me baso en la experiencia concreta y en lo que tiene perfecto sentido lógico, sino en lo que “siento” que es verdad. Aquello que convenza a mi intuición, me convence a mí. Y eso fue lo que empezó a expandir mi conciencia, a abrir mi mente hacia realidades más allá de mi propia nariz.

Hace unos dos años, en la universidad me tocó estudiar epistemología y metodología de la ciencia. En su momento me pareció un tanto aburrido y repetitivo. Pero luego me di cuenta de que lo que había aprendido derribaba mis creencias previas, racionales y estructuradas. Empecé a entender que lo que hasta ese momento yo usaba para determinar si algo era “digno de credibilidad” era el hecho de que fuera “respaldado científicamente”. Pero que este respaldo no venía dado desde siempre, por su mera existencia, y que hubieron muchas opiniones diferentes hasta que en algún momento se determinó que el mundo se regiría por lo que una “comunidad científica de prestigio” dictaminara como cierto. Sin embargo, esto no fue siempre así, ni puede asegurarse que vaya a ser así por siempre en el futuro. También aprendí que esa “comunidad científica” generalmente utiliza métodos empíricos, es decir, se basa en la experimentación, el análisis, la medición, etc.

Pero la intuición no puede medirse. Uno no puede tomar su intuición y someterla a análisis lógicos ni a estudios de factibilidad. Uno sólo puede sentirla, experimentarla. Además, después de todo, en numerosas ocasiones los científicos no logran ponerse de acuerdo entre ellos, ¿verdad?

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