¿Qué, quién o cómo es Dios?

No soy una estudiosa de teología, ni una gurú espiritual, ni mucho menos. Solamente una persona normal que de repente cayó en la cuenta de que tenía una idea errada sobre lo que era aquello que desde toda la vida había llamado “Dios”.

Y esta nota tiene como objeto, principalmente, el explicar lo que yo creo que NO es, para dejar librado a cada persona el determinar lo que SÍ es. Aunque también daré mi propia opinión al respecto.

Un día me di cuenta de que nunca me había puesto a pensar concretamente qué o cómo era “Dios”, “la Divinidad”, “el Creador”, o como cada uno desee llamarlo. Simplemente lo daba por sentado, tomaba aquello que se me había dicho durante toda la vida, lo que había escuchado de los mayores, o lo que decía la religión, y lo creía sin cuestionamientos. Hasta que comprendí que todo aquello era un imaginario colectivo, pero que ninguna de esas ideas me sonaba demasiado coherente.

Cosas como “si hacemos algo mal, Dios nos castiga”, o “a Dios no se le pueden pedir pavadas, porque sólo está para cosas importantes”, o “a veces Dios nos da lo que pedimos y otras veces no”, eran las que yo daba por sentadas sin preocuparme por ellas.

Pero un día comencé a preguntarme por qué esto era así. ¡Qué hombre malo y soberbio debía ser Dios para actuar de esa forma! Y fue cuando la primera idea vino a mi mente: Dios no puede ser un “hombre”, ni un viejito de barba sentado en una nube, ni siquiera vivir en una nube, allá en lo alto, fuera de nuestro alcance.

También recordé algo que leí alguna vez en la Biblia. No puedo hacer citas concretas porque son sólo fragmentos que recuerdo de cuando iba a la escuela y me los enseñaban (y sí, realmente debería, pero hace mucho tiempo que no leo la Biblia). En este fragmento en particular decía algo como que ni a la hierba en el campo ni a las aves en los cielos Dios les hace faltar el alimento para vivir, por lo que, con mayor razón, no nos debería faltar a nosotros.

Esto tomado literalmente no me significaba nada, pero muchos años después empecé a entender que la frase no mentía: realmente todo está provisto, pero nuestras propias trabas mentales hacen que lo que necesitamos no fluya completamente hacia nosotros.

Ideas como “esto es demasiado caro”, “no es sencillo conseguir empleo”, “con la situación económica actual tengo que resignar muchas cosas”, etc., son las que bloquean nuestra energía.

El Kybalion expresa el principio de mentalismo como “todo es mente; lo que piensas se manifiesta”, y esto debe ser tomado al pie de la letra. Si me convenzo de que mis ahorros nunca serán suficientes para comprar lo que necesito o deseo, entonces así será. Si creo fervientemente en que la situación económica afecta a todos, entonces me afectará a mí también. Si estoy segura de que muchas de las cosas que quiero son inalcanzables para mí, lo serán.

El universo responde a lo que cada uno de nosotros crea. Cada quien construye su mundo con sus pensamientos.

Todo está allí provisto para nosotros, sea en lo económico, espiritual, intelectual. Sólo tenemos que borrarnos estas ideas que aprendemos inconscientemente desde que nacemos, para permitir que la energía fluya naturalmente hacia nosotros.

Es imposible que un creador que es todo amor tenga alguna intención de castigar o hacer sufrir a sus creaciones. Pero, como fuimos creados “a imagen y semejanza”, tenemos nosotros también un poder creador, que sólo encuentra límites en nuestras propias creencias. Tenemos un libre albedrío que nos permite vivir como queramos: si elegimos seguir aferrados a las ideas que albergamos en nuestra mente subconsciente, que nos hacen sufrir, nadie nos detendrá. Pero, si decidimos borrar esas viejas ideas y confiar en que podemos disponer de todo lo que necesitemos, entonces manifestaremos eso en nuestras vidas.

Yo no creo que Dios esté en el cielo. Está en cada una de las cosas que conforman el universo (alguna vez leí que está “más cerca que el propio aire que respiramos” y me gustó esa definición), porque es energía inteligente, así como nosotros somos también energía –sólo que manifestada como materia–. Constantemente estamos recibiendo de la Divinidad nuestra energía necesaria para la vida. No sólo para respirar y para que funcione nuestro cuerpo, sino para todo lo que deseemos, para todo lo que creamos que podemos hacer con ella.

El flujo de energía es constante, y al recibirla en su forma pura elegimos cómo “calificarla”, es decir, qué cualidades darle y cómo utilizarla. Podemos calificarla con alegría, con amor, con paz, con humor, con provisión, y también con angustia, con envidia, con tristeza. El secreto es saber que disponemos de esta energía y que también podemos cambiarla, porque la energía se transforma. Y también saber que Dios no está ahí para castigarnos ni para elegir cuándo darnos la energía. Si algo lo experimentamos como castigo, entonces es porque en algún momento lo creamos así, y podemos recurrir a la energía creadora para que transforme esa realidad (siempre recordando poner de nuestra parte, en el sentido de cuidar de no volver a crear realidades negativas).

A esta transformación se llama comúnmente “transmutación”, y a ella hacen referencia numerosos autores, filosofías y técnicas, como la Llama Violeta en la metafísica, el Ho’oponopono, y la propia costumbre de pedir perdón que en muchas religiones está tan arraigada y malinterpretada.

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